miércoles, 4 de enero de 2017

Al toque de la caracola

Lección de caza.

(El relato del mes)


Muchas son las anécdotas monteras que empiezo a retener en mi retina, muchas, pero la que hoy me atañe es cuanto menos curiosa. No es un lance propio, sino una experiencia ajena, que en muchas ocasiones pasa totalmente desapercibida, movidos por la vorágine diaria y el egoísmo del ser humano.

La caza muestra estas sensaciones, emociones que deberíamos no olvidar, teniéndolas siempre presente para el correcto desarrollo de cualquier actividad, sea o no cinegética. El caso de la caza ésto no sólo lo fomenta, sino que es pieza indispensable dentro de su idiosincrasia, la empatía entre monteros es clave en la tradición y uno de los mayores alegatos que esta pasión nos regala. Podríamos perdernos en un infinito decálogo acerca de qué no simboliza la caza, pero es mucho más efectivo mencionar el qué representa, amor por la naturaleza, respeto y compañerismo.

Daniel Cortés es un montero de nueva hornada, lleva nueve años cazando, tiempo suficiente para saber que significa la caza.
Natural de Madrid y de raíces cacereñas, como tantos, hace de su pueblo, Higuera de Albalat, un modo de vida, aceptando, interpretando y absorbiendo sus costumbres.
En esta villa, de longeva tradición montera, la caza es uno de los pilares más consumados. El repertorio de las conversaciones cambia una vez se acerca el pistoletazo de salida para una inminente temporada montera, las previsiones, anhelos y esperanzas deambulan en el único bar que posee el pueblo. Su televisión emite prácticamente al completo de la jornada documentales de caza. El cosquilleo de una nueva campaña incide entre sus socios locales, que coincidiremos en nuestra aldea practicando lo que desde pequeños hemos vivido.

Llega octubre, y con los últimos bramidos resonando por sus sierras, las expectativas florecen. Cinco monterías tendremos para desconectar con la inercia urbana y conectar con el arraigo rural. Alguna caja de balas que comprar, por si sale ese deseado día tonto y poquito más.

Para Dani, es una temporada clave, está un tanto desencantado, la caza no es el mero resultado, es una mezcolanza de vivencias, el disfrutar de las tertulias, el contactar con una naturaleza virgen, el reunirse con los amigos… pero es necesario sentir el abate, aunque sea muy de vez en cuando. Sus últimos comentarios son de decaimiento, inclusive de abandono. El ir a la junta de carnes y no poder debatir cómo ha sido el lance en primera persona, empieza a hacer estragos en su autoconfianza. En un principio por una posible falta de experiencia, posteriormente por el llamado gafe, para concluir con…

En la primera montería de este año tiró a un venadete, se fue con más vida que de la que traía, la distancia y lo sucio del tiradero, hicieron que Dani sintiera ese “otro día bolo”.

El pasado 21 de noviembre dimos la montería del Frontal, escépticos sorteamos nuestra postura, era una mancha que llevaba tantos años sin montearse como Dani haciéndolo, pero las previsiones eran imprevisibles, “ahí no puede haber mucho, es muy fría, no hay comida". Con éstas nos dirigimos a los collados, traviesas, pistas y cierres. A Dani le había tocado un cierre, los Cuquillos, teóricamente y según los viejos del lugar una buena zona, aunque ya se sabe que en las migas los animales rompen hasta en los centros comerciales.

La mañana era desapacible, fría, airosa, los eucaliptos centenarios parecían venirse encima de uno, el tropel de las ciervas retumbaba en la lúgubre umbría, alguna detonación esporádica y ladras desconcertantes, o mejor dicho desconcierto de ladras. Pasaban los minutos, las horas, las pepas rompían, pero los grandes venados se hacían esperar, de cochinos ni rastro.

A media mañana mando un mensaje a Dani, un simple “¿qué?”, su respuesta un escueto “flojo”. Otro día falto de sensaciones, otra jornada en blanco, otra montería que alimenta la ya tocada autoconfianza. Mi día no estaba siendo mejor, helado y sin ver ni perros, pero la cuestión no era el uno mismo, sino el que Dani terminase con su maleficio y pudiera disfrutar y hacer disfrutar a los amigos, de esa sensación indescriptible y a veces tan añorada.

Cuando no se escucha nada, de nada, de nada, el desánimo te apodera, el reloj no corre y uno busca el permanecer alerta por si el famoso venado de las tres hiciera su aparición. Como si de una película de final feliz se tratase, junto a una apretada ladra asomó un aseado ciervo, oteó el horizonte y a unos ochenta metros fue avistado, de bonita cuerna y prominente cuello. Era la hora de la verdad, el Browning semiautomático calibre 30.06 se erigía responsable del fallo, el binomio ojo-gatillo del acierto. Queriendo afinar con el primer disparo para evitar males mayores, esto no hizo más que hacer agua, encarar rápidamente cargado de adrenalina para no desaprovechar con el segundo, y volver a errar aunque el cérvido hizo un extraño, no quedaba otra que encomendarse al tercero, y este hizo blanco. El ciervo cayó a plomo, la tensión empezó a liberarse, la alegría afloró. Vibró entonces mi móvil, era Dani, “por fin, lo necesitaba, un venado bonito. Necesito mano de obra, jajaja”. Qué alegría, hoy Dani nos iba a deleitar con su lance.

El dispositivo para sacar el venado del monte se empezaba a gestar, era una zona dura, un gran repecho y el día corría. Qué paliza, pero merecía la pena ver la felicidad de un amigo, además nos asegurábamos seguir cazando con él mucho tiempo más y lo más importante, la caza le había dado una nueva lección.

En el pueblo ya se sabía la noticia, algunos amigos fuimos a echar una mano y otros esperaban para dar ese sincero abrazo. Había una persona exultante, era su hijo Saúl, su padre iba a ser protagonista, él iba a ser protagonista.



Manu.V

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